«Acércate, pero quédate muy cerca»: el estilo de apego ansioso-ambivalente

A veces bastan dos mar­cas azu­les para pro­vo­car inquietud. El men­sa­je se ha leí­do, pero no lle­ga ningu­na respues­ta. No es gran cosa y, sin embar­go, algo empie­za a dar vuel­tas: pen­sa­mi­ent­os, dudas, interpretaciones.

«¿He dicho algo que no debía?»
«¿Soy dema­sia­do?»
«¿Por qué tar­da tanto?»

Las per­so­nas con un esti­lo de ape­go ansi­o­so-ambi­va­len­te rara vez viven la cer­canía como algo que pued­an dar por sen­ta­do. La anhel­an y, al mis­mo tiem­po, des­con­fí­an de ella. Lo que nece­si­tan es con­e­xión; lo que temen es per­der­la. La ambi­va­len­cia no está en su acti­tud hacia la rela­ción, sino en la segu­ri­dad de que esa rela­ción vaya a permanecer.


Una contradicción conocida

En teo­ría qui­zá sue­ne com­pli­ca­do; en la prác­ti­ca for­ma par­te del día a día de much­as per­so­nas: buscan cer­canía, a menu­do de for­ma inten­sa. Per­ci­ben el afec­to de la otra per­so­na, pero no lle­gan a inte­rio­ri­zar­lo. Regis­tran cual­quier peque­ña distancia y a menu­do la sob­re­inter­pre­tan. Un día sin men­sa­jes pue­de sen­tir­se como el final silen­cio­so de una rela­ción, aun­que obje­ti­va­men­te no haya ocur­ri­do nada.

Estas per­so­nas pien­san y sien­ten mucho, a veces dema­sia­do para man­te­ner el equi­li­brio emo­cio­nal. Per­ci­ben mati­ces don­de los demás toda­vía no han dicho nada. Y hacen preg­un­tas que no buscan con­tro­lar, sino obte­ner segu­ri­dad: «¿Está todo bien ent­re noso­tros?» much­as veces signi­fi­ca en rea­li­dad: «¿Puedo seguir relajándome?»


Caos en el apego

Cer­canía con­se­gui­da: aho­ra, por favor, con­fír­ma­la. Vari­as veces.

  • ¿Afec­to? Visto.
  • ¿Con­fi­anza? Se comprueba.
  • ¿Men­sa­je? Leí­do. Pero ¿dón­de está el corazoncito?

Típi­co:

«Solo quie­ro saber que todo está bien».
(En rea­li­dad signi­fi­ca: «Ten­go mie­do de que ya no sea suficiente»).

No es exa­ge­ra­ción: es sen­tir demasiado.


Origen: la relación nunca fue del todo segura

Des­de una per­spec­ti­va psi­coló­gi­ca, este esti­lo sue­le remon­tar­se a expe­ri­en­ci­as tem­pra­nas en las que el vín­cu­lo no estaba dis­po­nible de mane­ra con­stan­te. Los pad­res u otras figu­ras de ape­go qui­zá eran cari­ño­sos, pero no siemp­re estab­an pre­sen­tes, emo­cio­nal o físi­ca­men­te. El niño apren­dió: el amor es posi­ble, pero es frá­gil. La cer­canía es vali­o­sa, pero pue­de retir­ar­se en cual­quier momento.

Lo que sur­ge de ahí no es des­con­fi­anza hacia las per­so­nas, sino una des­con­fi­anza pro­fun­da­men­te arrai­ga­da hacia la segu­ri­dad emocional.


Qué ayuda y qué no

No ayu­da inten­tar «desen­si­bi­li­zar­se» ni restar importancia a las pro­pi­as nece­si­d­a­des emo­cio­na­les. Las per­so­nas con un esti­lo ansi­o­so-ambi­va­len­te no son «dema­sia­do emo­cio­na­les», sino espe­cial­men­te sen­si­bles, y esa capa­ci­dad merece reco­no­ci­mi­en­to, no desprecio.

En cam­bio, pue­den ayu­dar los ritua­les para cal­mar­se uno mis­mo que fun­cio­nen inde­pen­di­en­te­men­te de la reac­ción de los demás. Tam­bién pue­de ali­vi­ar mucho expre­sar con­sci­en­te­men­te los sen­ti­mi­ent­os, sin cul­pa­bi­li­zar. Decir «Aho­ra mis­mo sien­to inse­gu­ri­dad» abre un espa­cio para la rela­ción sin generar presión.

Otra cla­ve está en ofre­cer­se a uno mis­mo una fia­bil­idad que qui­zá fal­tó en el pasa­do: medi­an­te cla­ri­dad, auto­com­pa­sión y la com­pren­sión de que la segu­ri­dad emo­cio­nal no siemp­re tiene que venir de fuera.


Una fuerza silenciosa

El esti­lo ansi­o­so-ambi­va­len­te no es un pro­ble­ma de pare­ja, sino una rea­li­dad rela­cio­nal. Qui­en sien­te así no es «dema­sia­do». Qui­zá sim­ple­men­te está muy aler­ta. Muy aten­to. Y muy pen­di­en­te de que la con­e­xión per­ma­nez­ca allí don­de hace bien.

Y pre­ci­sa­men­te ahí resi­de, si se mira con más aten­ción, una capa­ci­dad espe­cial: el arte de tom­arse las rela­cio­nes en serio. Aun­que a veces resul­te difí­cil no per­der­se a uno mis­mo den­tro de ellas.


Ima­gen de por­ta­da: FREEP!K

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