¿Cuántas veces se dice en una lectura de cartas que algo es cosa del destino, que una conexión o una relación está predestinada? ¡Ah, estupendo! Entonces ya no puede salir nada mal… ¿o sí? Si estoy unido por el destino a la persona que amo, seguro que acabaremos juntos… ¿o quizá no?
¿Existe realmente algo como el destino? ¿O nuestra vida es el resultado de nuestras decisiones? Esta pregunta ha acompañado a la humanidad durante siglos. Desde el punto de vista psicológico, existen observaciones interesantes sobre cómo nuestra creencia en el destino influye en nuestra percepción, nuestro comportamiento e incluso nuestro bienestar.
Podemos distinguir dos formas básicas de pensar:
- Yo decido sobre mi propia vida: las personas con esta actitud creen que pueden influir en su vida mediante sus decisiones y sus actos.
- Mi vida está determinada por fuerzas externas: las personas con esta perspectiva creen que su vida está dirigida por el destino, el azar u otras personas.
Ninguna de estas formas de pensar es buena o mala en sí misma. Lo importante es encontrar un equilibrio saludable: quien intenta controlarlo todo puede acabar sometido a una gran presión, mientras que quien se entrega por completo al destino corre el riesgo de adoptar una actitud pasiva.
Creer en el destino puede ayudar… o limitar
Creer en el destino no tiene únicamente desventajas. Puede ayudarnos a afrontar situaciones difíciles. Cuando, después de una pérdida o un fracaso, pensamos «Supongo que tenía que ser así», esa idea puede consolarnos. Esta forma de pensar puede reducir el estrés y ayudarnos a soltar.
Por otro lado, una creencia demasiado fuerte en el destino puede llevarnos a renunciar a nuestra responsabilidad y a dejar pasar oportunidades. Quien cree que todo está predeterminado quizá se esfuerce menos porque «de todos modos, va a ocurrir lo que tenga que ocurrir».
Por qué tendemos a creer que todo está predeterminado
A nuestro cerebro le gusta el orden y busca patrones. Por eso, a menudo interpretamos acontecimientos fortuitos como si tuvieran un significado más profundo. En psicología existen varios efectos interesantes relacionados con esta tendencia:
- Sesgo retrospectivo: cuando miramos hacia atrás, muchas cosas nos parecen predeterminadas. Después de una ruptura podemos pensar: «En realidad, estaba claro desde el principio que esto no iba a durar».
- Creencia en un mundo justo: muchas personas tienen, de manera inconsciente, la idea de que a las buenas personas les ocurren cosas buenas y a las malas, cosas malas. Esto puede hacer que tendamos a creer en una especie de «destino justo».
¿Tenemos libre albedrío o está todo predeterminado?
Esta cuestión no solo resulta interesante desde el punto de vista filosófico, sino también desde el psicológico. Algunos estudios muestran que nuestro cerebro inicia procesos de decisión de forma inconsciente antes de que lleguemos a percibirlos conscientemente. Algunos investigadores sostienen que nuestra sensación de decidir libremente podría ser una ilusión. Otros defienden que podemos dirigir nuestra vida conscientemente y tomar decisiones sobre ella.
¿Y qué pasa entonces con el destino en las cartas?
Se dice que las relaciones predestinadas son vínculos que influyen profundamente en nuestra vida. Se sienten como si estuvieran destinados a suceder y suelen asociarse con emociones intensas, revelaciones espirituales o lecciones kármicas. En el Tarot, algunas cartas pueden interpretarse como indicios de una conexión de este tipo: por ejemplo, Los Enamorados, La Rueda de la Fortuna, El Diablo o el Seis de Copas. En el Lenormand, la Cruz representa el destino y, combinada con el Corazón o el Anillo, puede interpretarse como una relación o conexión predestinada.
A menudo se atribuyen a estas relaciones y conexiones determinadas características: se tiene la sensación de conocer a la otra persona desde siempre; la conexión provoca experiencias emocionales intensas; existe una fuerte atracción; el vínculo puede resultar difícil y suele asociarse también con «pruebas» y «lecciones que aprender»; tampoco es extraño que aparezca un patrón de idas y venidas. Las relaciones consideradas predestinadas pueden ser maravillosas, pero también dolorosas. Se dice que a menudo contribuyen al desarrollo personal y nos enseñan lecciones importantes.
Las «lecciones» y la psicología
Ahora bien, todo esto suena bastante impreciso. Y la propia idea del destino procede de épocas en las que apenas se tenía acceso a una comprensión de la psique humana. Hoy sabemos cómo las experiencias de la infancia contribuyen a convertirnos en las personas que somos. Conocemos el poder y el efecto de nuestras creencias. Conocemos el concepto del «niño interior». Y podemos identificar distintos estilos de apego. Por eso, cuando en las cartas aparece una conexión considerada predestinada, quizá sea precisamente ahí donde debamos buscar su significado. Las «lecciones» pueden consistir en ocuparnos de nuestra propia psique, reflexionar sobre nosotros mismos, reconocer los patrones que se activan en nuestro interior y tomar conciencia también de nuestro propio estilo de apego.
Y es precisamente ahí donde podemos empezar a trabajar. Que el resultado sea o no una relación «feliz» también depende de nosotros, porque en cualquier momento podemos decidir no continuar con ella. Podemos reconocer nuestra dependencia emocional y trabajar sobre ella. También podemos reconocer nuestro miedo al apego e intentar cambiarlo. Sea cual sea el resultado y la forma que termine adoptando, nadie podrá quitarnos el trabajo que hayamos hecho con nosotros mismos y el crecimiento que hayamos conseguido.
Lo ideal es mantener una relación equilibrada con la idea del destino
La idea del destino puede consolarnos y ayudarnos a aceptar situaciones difíciles. Al mismo tiempo, conviene recordar que también podemos participar activamente en la construcción de nuestra propia vida. La verdad, como tantas veces, probablemente se encuentre en algún punto intermedio.
Imagen de portada creada con Midjourney
