«Adiós, bello ideal»: por qué soltar también es decirme sí a mí mismo

A veces, sol­tar empie­za con la simp­le decis­ión de dejar de escri­bir men­sa­jes que, de todos modos, nun­ca reci­ben respues­ta. A veces empie­za recor­ri­en­do una casa en la que los recuer­dos cuel­gan de mar­cos de fotos y toman­do la decis­ión de retirar uno de ellos. Sol­tar no es un gran estall­i­do. Se pare­ce más a ceder lige­ra­men­te, a un peque­ño gesto cuya ver­dade­ra dimen­sión solo com­pren­de­mos más adelante.

La pro­pia pala­bra sue­na sua­ve, casi espi­ri­tu­al: sos­te­ner algo ent­re las manos y des­pués abrir­las. Pero qui­en algu­na vez haya teni­do que sol­tar una rela­ción, una espe­ran­za o una ima­gen de la vida que ya no se sos­tiene sabe que, a menu­do, se pare­ce más a una lucha inte­ri­or, a un ir y venir ent­re el cora­zón y la razón, ent­re «pero qui­zá toda­vía…» y «ya es suficiente».


Entre aferrarse y dejar ir

Sol­tar no signi­fi­ca olvi­dar. Tam­po­co signi­fi­ca pen­sar: «Fui ton­to por haber creí­do que…». Sol­tar es el arte de valorar algo sin seguir nece­si­tán­do­lo. Es el momen­to en el que deja­mos de luchar, no por­que ya no nos impor­te, sino por­que hemos com­p­ren­di­do que esa lucha ya no cam­bia nada.

En el tra­ba­jo sis­té­mi­co, a menu­do no se preg­un­ta úni­ca­men­te: ¿Qué te fre­na?, sino tam­bién: ¿Qué te sostiene?

¿Quién o qué te da apo­yo? ¿Y pod­ría ese apo­yo seguir exis­ti­en­do sin nece­si­dad de aferrarte?


Soltar no es solo una cuestión del corazón

No solo solt­a­mos a per­so­nas. Tam­bién deja­mos atrás tra­ba­jos que nos des­ga­stan. Amista­des que hace tiem­po se vol­vie­ron uni­la­te­ra­les. Pen­sa­mi­ent­os que lle­van años dicién­do­nos que no somos lo bastan­te bue­nos.
A veces car­ga­mos con un peso que ni siquie­ra per­te­n­e­ce al pre­sen­te, sino a anti­gu­os roles, patro­nes o voces de nues­tra infancia.

Sol­tar tam­bién signi­fi­ca enton­ces: Yo deci­do para qué nece­si­to mi ener­gía, y aquello que ya no me nut­re pue­de marcharse.

Una posi­ble propues­ta para reflexionar:

Pregunta de escala: En una escala del 1 al 10, ¿hasta qué punto te mantiene atrapado esa vieja historia? ¿Cuál podría ser un pequeño paso para sentirte un punto más libre?

Y otra preg­un­ta: ¿A quién te gusta­ría decir­le hoy «Te dejo ir con amor», aun­que sepas que qui­zá esa per­so­na nun­ca lle­gue a escucharlo?


Autoestima: el trasfondo invisible

No es raro que detrás de ese afer­rar­se dese­spe­rad­amen­te se escon­da una preg­un­ta: ¿Soy real­men­te sufi­ci­en­te sin eso?

Ya sea una rela­ción, el tra­ba­jo o el reco­no­ci­mi­en­to de una deter­mi­na­da per­so­na, a veces con­fundi­mos el sen­ti­mi­en­to de per­te­nen­cia con nues­tra pro­pia aut­oe­sti­ma. Es un tema lo bastan­te amplio como para dedi­car­le un artí­cu­lo pro­pio, pero qui­zá ya pued­as per­ci­bir que sol­tar tam­bién signi­fi­ca: Puedo apren­der a sos­ten­er­me a mí mismo.


¿Y después?

Qui­zá un día te des­pier­tes por la maña­na y te des cuen­ta de que no has pens­ado en esa per­so­na. Qui­zá des­cu­bras un nue­vo espa­cio den­tro de ti: no vacío, sino lib­re. Sol­tar no solo deja espa­cio para algo nue­vo, sino tam­bién para ti mismo.

Por­que, al final, sol­tar no es despe­dir­se del amor, sino que a menu­do es su for­ma más madu­ra. Incluso cuan­do no se tra­ta de amor, sino de la libert­ad de poder vol­ver a encon­trar­te con­ti­go mismo.


Ima­gen de por­ta­da crea­da con Midjourney

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