Por qué amamos como amamos: una mirada a los cuatro estilos de apego

Hay per­so­nas que respon­den antes de que casi hayas ter­mi­na­do de envi­ar el men­sa­je. Otras nece­si­tan tres días, y nun­ca sabes si les gus­tas o si se han olvi­d­ado de ti. Y lue­go están quie­nes dicen «te quie­ro» con la mis­ma tran­quil­idad que si aca­ba­ran de pedir un paquete. Bien­ve­ni­dos al mara­vil­lo­so mun­do de los esti­los de apego.

Lo que pare­ce la típi­ca con­fu­sión de las rela­cio­nes moder­nas tiene, en rea­li­dad, raí­ces mucho más pro­fund­as: en nues­tra bio­grafía, en nuestras pri­me­ras expe­ri­en­ci­as rela­cio­na­les y, a veces, tam­bién en vie­jos patro­nes de la infan­cia que nos dicen: «La cer­canía es arries­ga­da» o «Estoy más segu­ro por mi cuenta».


¿Qué es un estilo de apego?

El esti­lo de ape­go descri­be cómo viv­i­mos y con­stru­i­mos nuestras rela­cio­nes, espe­cial­men­te cuan­do la cer­canía aumen­ta: emo­cio­nal­men­te, físi­ca­men­te o en el ter­re­no de los sen­ti­mi­ent­os. Estu­dia­do ori­gi­nal­men­te den­tro de la teo­ría del ape­go de Bowl­by y Ains­worth, nues­tro esti­lo no se mani­fies­ta úni­ca­men­te en las rela­cio­nes de pare­ja, sino tam­bién en las amista­des, en las rela­cio­nes labora­les y, sí, a veces incluso en nues­tros chats.


Estilo de apego evitativo

«Pre­fie­ro ser inde­pen­di­en­te.»
Las per­so­nas con un esti­lo evi­ta­tivo man­tie­nen cier­ta distancia, no por­que no sien­tan nada, sino por­que pue­den vivir la cer­canía como algo abru­mador. La inti­mi­dad tien­de a desper­tar impul­sos de hui­da. La auto­no­mía emo­cio­nal se sitúa por enci­ma de todo y la cer­canía pue­de per­ci­bir­se como una amen­a­za por­que impli­ca dependencia.

Típi­co:

  • ¿Hab­lar de sen­ti­mi­ent­os? Mejor maña­na. O nunca.
  • La inde­pen­den­cia es la máxi­ma prio­ri­dad, aun­que a veces el cora­zón quie­ra otra cosa.
  • Físi­ca­men­te pre­sen­te, emo­cio­nal­men­te desaparecido.

Estilo de apego ansioso-ambivalente

«Te quie­ro… ¿pero tú me seguirás queri­en­do den­tro de diez minu­tos?»
Este esti­lo se carac­te­ri­za por una fuer­te nece­si­dad de cer­canía y mie­do a la pérdi­da. Las per­so­nas con un patrón de ape­go ansi­o­so nece­si­tan mucha rea­fir­mación, inter­pre­tan rápi­da­men­te el silen­cio como recha­zo y entran en estado de alar­ma cuan­do sien­ten que no son vis­tas o teni­das en cuenta.

Típi­co:

  • Dar­le vuel­tas con­stan­te­men­te a la preg­un­ta: «¿Soy suficiente?»
  • Bus­car cer­canía y, aun así, no lleg­ar a sen­tir­se seguro.
  • Una mon­ta­ña rusa emo­cio­nal con ten­den­cia a inter­pre­tar demasiado.

Estilo de apego desorganizado

«Ven aquí… pero, por favor, vuel­ve a ale­jar­te ense­gui­da.»
Una con­tra­dic­ción inter­na ent­re el deseo de cer­canía y el mie­do simul­tá­neo a ella. Este esti­lo sue­le estar rela­cio­na­do con expe­ri­en­ci­as rela­cio­na­les con­tra­dic­to­ri­as o incluso traumá­ti­cas duran­te la pri­me­ra infancia.

Típi­co:

  • Se desea la cer­canía y, al mis­mo tiem­po, se rechaza.
  • El com­por­ta­mi­en­to pue­de pare­cer caó­ti­co o difí­cil de prever.
  • Rela­cio­nes inten­sas que con fre­cuen­cia aca­ban inclinán­do­se hacia el distancia­mi­en­to o el drama.

Estilo de apego seguro

«Me gus­tas. Y yo tam­bién me gus­to.»
Las per­so­nas con un esti­lo segu­ro pue­den per­mi­tir la cer­canía sin per­der­se a sí mis­mas. No nece­si­tan una prueba emo­cio­nal con­stan­te de su pro­pia exis­ten­cia, pero dis­f­rut­an de la con­e­xión. Los con­flic­tos se per­ci­ben como algo que pue­de afrontar­se y la cer­canía como algo que fortalece.

Típi­co:

  • Mostrar sen­ti­mi­ent­os sin con­ver­tir­los en un drama.
  • Hab­lar de los con­flic­tos en lugar de evitarlos.
  • Cla­ri­dad, con­fi­anza y una diná­mi­ca rela­cio­nal estable.

Es posible cambiar

Los esti­los de ape­go no son cate­go­rí­as ina­mo­vi­bles, sino patro­nes diná­mi­cos que pue­den cam­bi­ar a lo lar­go de la vida. Medi­an­te la refle­xión, nue­vas expe­ri­en­ci­as rela­cio­na­les o el acom­pa­ña­mi­en­to ter­a­péuti­co, pode­mos reco­no­cer anti­gu­os meca­nis­mos de pro­tección y ensayar nue­vas formas de relacionarnos.

Los esti­los de ape­go no son eti­que­tas, sino pun­tos de part­ida para cono­cer­nos mejor. Y, a veces, pue­de bastar con una frase como esta:

«Ah, no reac­ci­o­no así por­que haya algo raro en mí: reac­ci­o­no de una mane­ra que aprendí.»


Ima­gen de por­ta­da: FREEP!K

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